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escrito por Broken Angel el 19 de Octubre, 2006 a las 11:40 pm
aminaba rápida y silenciosamente hacia las grandes puertas de Damasco. Su largo manto de piel de lobo negro le hacía parecer una sombra más del camino, una sombra mortalmente peligrosa y ávida de un apetitoso cuello de guardia despistado.
Sí, eso es lo que había decidido cenar aquella noche para desquitarse de las largas semanas pasadas en el bosque. Aquella noche cenaría bien por primera vez en mucho tiempo y lo haría en una ciudad de humanos.
Se deslizó entre los arbustos, como un susurro en el viento y entre ellos se ocultó a sólo unos pasos de la puerta de la enorme ciudad; su mirada experta en lides militares reconoció los muros durante un rato memorizando el recorrido ruttinario de la guardia. Sonrió en medio de la oscuridad al encontrar un fallo en la secuencia. Durante diez segundos el guardia que vigila el ala oeste se quedaba de espaldas a los arbustos que rodeaban una de las esquinas de la torre de guardia… Diez segundos fatales en los que una hija de la noche podía caerle sobre la espalda y arrastrarlo fuera del alcance de la visión de los demás guardias sin que se oyese el más mínimo quejido.
Con aquella maliciosa sonrisa aún pintada en la cara, se escabulló entre las sombras del camino para agazaparse justo en la esquina de la torre, ansiosa por ver llegar a su presa.
Los minutos pasaron hasta que el ténue resplandor de una antorcha que se acercaba lentamente le indicó que el momento había llegado. El soldado apareció poco después ataviado con una maltratada cota de malla, el casco sin visera y una espada larga ceñida al talle. Su mano enguantada en acero enarbolaba una antorcha que iluminaba lo justo para ver por donde iba.
El tintineo de la armadura se detuvo un momento mientras el guardia inspeccionaba los arbustos y acto seguido se da la vuelta para proseguir su ronda.
En ese instante Lilith saltó por encima de los arbustos, trazando un arco de casi tres metros de altura y siete de longitud, para aterrizar detrás del guardia, que ni siquiera tuvo tiempo de darse la vuelta antes de que unos brazos le aferraran, tapándole la boca y lo arrastrasen hacia la oscuridad.